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¡Si Zapata viviera, en tacones anduviera!

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El gobierno populista de Andrés Manuel López Obrador decretó que 2019 sería el año de Emiliano Zapata, pues es el centenario de su asesinato en Chinameca y además el pasado 8 de agosto se conmemoraron 140 años de su natalicio. Para culminar con la celebración de todo un año se acaba de inaugurar la exposición “Emiliano Zapata después de Zapata”, en el Palacio de Bellas Artes, exposición que, sé de muy buena fuente, se hizo por órdenes de “muy arriba” así que se tuvo que preparar en tiempo récord. En la muestra hay obra al menos de tres artistas gays: Julio Galán, Miguel Ángel Cano y Fabián Chairez.

Zapata bien podría ser el epítome del macho mexicano (bien plantado, con tupido bigote y pistola, sombrerudo y botas), paradójicamente eso también lo ha convertido en una imagen atractiva para las minorías sexuales aunado a su cercanía con algunos gays. Zapata trabajó en la hacienda de Santiago Tenextepango, en Ayala, Morelos, que pertenecía a Ignacio de la Torre y Mier, quien era yerno del entonces presidente Porfirio Díaz pues se había casado en 1888 con su hija, Amada Díaz. Tiempo después, Nacho de la Torre se trajo a Zapata a la Ciudad de México para que fuera su caballerango, es decir, que se encargara de los caballos que poseía en su mansión del Paseo de la Reforma (donde hoy se levanta el edificio de la Lotería Nacional, el Moro).

Como se sabe, Nacho de la Torre fue uno de los asistentes al famoso baile de Los 41, la noche del 18 de noviembre de 1901. En la entonces escandalosa y hoy famosa fiesta, habían más invitados pero cuando la policía entró a la casa de la calle de la Paz (hoy Ezequiel Montes, en la colonia Tabacalera), sólo apresaron a 42 que fueron llevados a la estación de policía. Al día siguiente, sólo salieron 41 hacia la estación de tren rumbo a Yucatán para ayudar al ejército que luchaba contra los mayas en la guerra de castas. Se cree que ese personaje faltante que hizo que sólo quedaran 41 era Nacho de la Torre, quien pudo librarse de la condena por su cercanía con el poder al estar emparentado con el dictador.

De regreso en Morelos, Zapata se alzó en armas al llamado de Francisco I. Madero contra la dictadura de Porfirio Díaz y promulgó el Plan de Ayala. Mientras tanto, en la capital se instalaba el gobierno de Madero y algunos revolucionarios azolaban la provincia por lo que los parientes de Díaz no podían vivir tranquilos, por eso Nacho de la Torre se refugió un tiempo a su quinta de Parque Lira, en Tacubaya, hasta que Venustiano Carranza ordenó apresarlo y encarcelarlo en Lecumberri al parecer por colaborar en el asesinado de Madero y Pino Suárez.

Cuando Zapata entró a la capital con su ejército en 1914, sacó a Nacho de la Torre de la cárcel, lo retuvo como prisionero personal y lo llevaba a donde el Caudillo se fuera; al mismo tiempo, le fueron expropiadas sus haciendas en Yautepec y Cuautla. Todo lo anterior ha hecho especular que la relación entre Zapata y Nacho de la Torre tal vez haya ido más allá del trabajo, algunos aventuran que De la Torre fue su protector (en el sentido de término francés “protégé”) o incluso su amante, con lo cual entonces Zapata se convertiría así en su mayate.

Zapata tuvo cerca a otro homosexual durante su campaña militar, en este caso a su secretario Manuel Palafox. Todo parece indicar que Zapata era analfabeta funcional así que Palafox era quien se encargaba de leer y redactar los comunicados y es probable que hasta el mismo Plan de Ayala. Es por eso, según cuenta Carlos Monsiváis, que cuando el Caudillo se enteró de que su secretario era homosexual montó en cólera así que casi lo fusilan, pero Zapata recapacitó o de lo contrario se quedaría sin su ideólogo así que de último momento le perdonó la vida.

Es muy improbable que Zapata lo haya conocido pero en las filas de su ejército estuvo Amelio Robles, el coronel transgénero originario de Iguala, Guerrero. Aclara la doctora Gabriela Cano que el coronel Amelio no se trató sólo de un caso de travestismo estratégico, es decir, hacerse pasar como hombre durante la guerra para no ser violada o para poder luchar como hombre y no sólo como soldadera, en su caso, dice Cano, su “imagen masculina constituye una identidad subjetiva, sexual y social que prevaleció en todos los aspectos de su vida”. De manera que al terminar la lucha zapatista, Amelio Robles volvió a su pueblo donde vivió el resto de su vida como hombre, arrejuntado con una señora con la que adoptó a una hija y donde la escuela primaria lleva su nombre.

Zapata es una de las figuras de bronce en la historia de la patria, pero con el paso del tiempo las numerosas investigaciones han hecho que esa historia se reescriba. Eso incluye al mismo Caudillo del Sur, quien no está exento de ser revisitado hasta con su sexualidad, como queda demostrado con la pintura de Fabián Cháirez. Con esas historias, se ha desmontado el papel del macho prototípico representado en la figura de Zapata, de manera tal que si Zapata es cuestionado hasta en su sexualidad, qué les puede deparar a tantos otros mexicanos que se sienten machos calados. En una de tantas marchas alguna vez gritamos la consigna “¡Si Zapata viviera, en tacones anduviera!” para epatar, claro, pero también para decirle a la gente de la calle que sus héroes nacionales hoy estarían con nuestra lucha y, de paso, recordarles que ellos también tuvieron sus pecados.

Escritor y editor. Desde la preparatoria ha participado en organizaciones de lucha contra el sida, fue conductor del programa de televisión Guau!, de Telehit, y es editor de Quimera ediciones, la primera editorial gay de México. Es autor de "No recuerdo el amor sino el deseo" (2008) y "La síntesis rara de un siglo loco" (2017), además de coautor de "México se escribe con jota. Historia de la cultura gay" (2010) y antologó “Un amar ardiente. Poemas a la virreina” (2017), de sor Juana Inés de la Cruz.