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Fuera del clóset

¡Hay una familia homoparental en el fraccionamiento! Episodio 3. La señora que me ayuda

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Sin importar la ocasión social, los residentes de Dramorán, nuestro fraccionamiento, siempre terminamos hablando de la señora que nos ayuda en casa. En cenas, fiestas y hasta en funerales (porque la muerte también ha visitado Dramorán) se habla de «la nanny», «la señora que me ayuda» o «la muchacha». Es un tema recurrente e inagotable. Increíblemente inagotable.
 
La señora que me ayuda, Olga, ha sido muy buena con nosotros. Poco a poco, nos hemos acostumbrado a ella y viceversa. Todas la mañanas, Olga me cuenta sus anécdotas y sus problemas mientras yo la escucho tomándome mi primer taza de café de la mañana. Algunas veces incluso he confiado algunos de mis problemas con ella y con atención he escuchado sus consejos.  Después de terminada la taza de café, cada quien se dedica a lo suyo. Olga, además de trabajar en el mantenimiento de nuestra casa, cuida a Ale cuando regresa del kinder e incluso a veces la lleva al parque.
 
Un día cualquiera, Olga llegó a casa y durante nuestra charla mañanera me confesó una particular anécdota mientras yo tomaba mi café sentado en la barra de la cocina y revisaba mis redes sociales en mi teléfono. Olga me dijo que la tarde anterior una señora en una camioneta la había alcanzado en una esquina de Dramorán para ofrecerle un «aventón» a la parada del camión. En ese momento levanté la vista. Me pareció muy sospechoso que alguien tuviera un gesto amable con Olga en Dramorán. «¿Y luego?», le pregunté, ya ansioso por oír el resto de la
historia. Me contó que la señora de la camioneta le preguntó, según su propio relato, si estaba «contenta con nosotros», porque de no estarlo, Olga sería bien recibida en casa de la vecina.  Para ese entonces, yo ya había soltado mi taza y mi iPhone y la miraba fijamente a los ojos. Le pregunté a quién de mis vecinas se refería pero no me quiso decir para no causar problemas.
 
–¿Te ofrecieron más sueldo, Olga?
–Sí, joven.
–Pues solo ten en cuenta que en Dramorán hay casas más grandes, con más habitantes y con patrones más estrictos.
–Lo sé y por eso le dije a la señora que no. Yo estoy muy a gusto aquí. Yo solo quería comentarle lo que había pasado.
 
Olga se dio la media vuelta y se dirigió al patio. Yo en ese momento no estaba seguro si su historia era real o solo era un truco para lograr un aumento de sueldo.
 
Una semana después, Olga me contó que le había sucedido lo mismo otra vez. La señora de la camioneta le ofreció un aventón e insistía en llevarla a trabajar a su casa. ¿Quién podría ser capaz de semejante bajeza?– pensé. Sin embargo, esta vez no me quedé de brazos cruzados. Con la ayuda de mi vecino Eduardo y sus cámaras de seguridad de su casa me propuse a resolver el misterio. No tardamos mucho en ubicar a Olga en el video de la tarde anterior caminando hacia la salida de Dramorán. Detrás de ella, una camioneta se detenía a su lado y se la llevaba. Sin embargo, el ángulo de la cámara no mostraba de donde había salido la camioneta. Traté de convencer al guardia de seguridad del fraccionamiento para que me dejara revisar las grabaciones del fraccionamiento y pudiera averiguar de cual cochera salía esa camioneta. Se negó rotundamente pero me pidió que describiera la camioneta. «Esa camioneta es de la señora Elsa», me dijo.
 

«¡Pinche vieja!», no pude evitar decir.

 
No sabía qué hacer. ¿Cuál es el protocolo a seguir en estos casos? Ya sabía que Elsa no me soportaba pero con esto me estaba declarando la guerra.  Elsa quería llevarse a Olga para sacarle todos los detalles sobre nosotros. Lo consulté con mis comadres, es decir, otras vecinas que nos vemos todas las tardes en el parque de Dramorán. Después les contaré de ellas también. Por lo pronto, nuestra conclusión fue definitiva: encarar a Elsa. «Eso de querer robarte a la señora simplemente no se hace», comentó mi ‘coma’ Karina. Tenemos que marcar un alto. Elsa estaba llevando las cosas demasiado lejos.
 
Esa noche caminé hasta su casa y timbré a la puerta. Elsa abrió la puerta, salió, cerró y se recargó sobre la puerta, como para evitar que yo intentará pasar. Su sonrisa era enorme, congelada.
 
–Hola, vecina ––le saludé.
–¿En qué lo puedo ayudar, vecino?
–Me comentó Olga, la señora que me ayuda, que estás interesada en ella.
 
Elsa me siguió mirando sin parpadear.
 
–Si gustas -continué- te puedo recomendar a alguien más y de mucha confianza.
–No sé de que me hablas, vecino.
–Vecina, por favor. Olga confía mucho en mi y me lo ha contado todo.
–Sigo sin entender, Pepe. ––Me dijo Elsa, mirándome como tratando de descifrar si yo estaba loco o borracho. Su sonrisa ahora era una mueca de burla.–– No tengo ni la menor idea de lo que me hablas.
 
Me sentí atrapado. Había prometido a mis comadres no divulgar que había buscado a través de los vídeos de seguridad la evidencia de que su camioneta había abordado a Olga. Aceptar tal comportamiento me haría ver como un obsesivo desquiciado.
 
–Elsa, por favor, sabes muy bien de qué hablo ––continué––. Es más, Olga me dijo que dos veces la llevaste a la parada del camión en tu camioneta. En esa camioneta que está ahí. ––le dije apuntando hacia la camioneta estacionada dentro de la cochera.
–Vecino, me estás levantando un falso.
 
Finalmente, tuve que decir la verdad. Obviamente, decir que Olga había delatado a Elsa no era suficiente evidencia. Era la palabra de Elsa contra la de Olga.
 
–Vecina, revisé los vídeos de seguridad y puedo obtener copias. Es TÚ camioneta.
 
Elsa pensó durante diez segundos y de pronto levantó un dedo frente a mi cara, giró su cuerpo, abrió la puerta de su casa e ingresó un poco a ella sin quitar su dedo de enfrente de mi cara.
 
-¡Mamá! Ven, por favor.
 
Mi sangre se heló pues en ese momento caí en cuenta que en el video nunca había visto la cara de Elsa. Solo su camioneta. Alguien más había manejado esa camioneta. Y no era Elsa.
 
–Mamá. ¿Has estado hablando con una tal Olga?
 
No alcancé a oír la respuesta de la madre de Elsa. No creo que haya emitido alguna. Solo vi una silueta acercándose a la puerta lentamente. Elsa volteó hacia mí.
 
–Vecino, voy a tener que averiguar qué pasó exactamente y me comunico contigo más tarde. ¿OK?
 
Elsa cerró la puerta antes que yo pudiera contestar.
 
Más tarde esa noche, Elsa me escribió para explicarme que hacía dos semanas su mamá conoció a Olga en el parque y le pareció buena idea invitarla que renunciara su trabajo y se fuera a trabajar a casa de Elsa. «Pero vecino,» me dijo Elsa, «si esta conversación se llevó a cabo entre mi mamá y tu muchacha fue porque obviamente Olga no está muy contenta en tu casa. Es un país libre y cada quien trabaja donde le plazca.»
 
Al día siguiente, Olga negó haber tenido esa conversación pero ya no quise averiguar más. Unos días después, Olga renunció pero no para irse con Elsa, se fue a otro fraccionamiento. A final de cuentas, alguien más, nos robó a Olga.
 

Pepe, su esposo Alex y Alejandra, la hija de ambos, forman una familia homoparental como la que sale en Modern Family...si Modern Family fuera producida por Multimedios, obviamente. Estas son sus vivencias.

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