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Opinión

De las razzias a las marchas LGBT

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De las razzias a las marchas, por Sergio Téllez Pon

Las razzias o redadas fueron el pan nuestro de cada día para los homosexuales que vivieron antes de lo que hoy conocemos como Orgullo LGBT.

Poco antes de los juicios de 1895 contra Oscar Wilde, en Londres hubo una redada que pronto se conoció como “el caso de la Calle Cleveland”. Una noche de 1889 la policía real irrumpió en un burdel gay ubicado en el número 19 de la calle Cleveland donde se encontró entre los concurrentes a Lord Arthur Somerset, quien era comandante de la Real Guardia Montada y secretario privado del príncipe de Gales. Aunque no se tiene la certeza sobre la homosexualidad de los hermanos Arthur y Henry Somerset (la homosexualidad entre hermanos gemelos está más que probada científicamente —salvo en casos excepcionales que confirman la regla), lo cierto es que puede deducirse que lo eran por sus “raros” casos que salieron a la luz a partir de ese suceso. Diez años antes de que encontraran a Arthur en ese lugar, su hermano Lord Henry Somerset había huido de Inglaterra hacia Florencia luego de que fuera sorprendido por su esposa in fraganti —en su cama, al parecer— en compañía de un joven llamado Henry Smith.

En los juicios contra Wilde justamente uno de los hechos que se esgrimió para acusarlo fue que visitaba con bastante frecuencia burdeles masculinos de los bajos fondos, como ese de la calle Cleveland. Esa vida secreta que salió a la luz durante el juicio fue lo que escandalizó a toda la sociedad inglesa de la época y lo que, hasta cierto punto, hizo que lo persiguieran y encarcelaran; hasta ese momento, Wilde había sido el exitoso dramaturgo que en sus obras presentaba las comedias de la aristocracia británica aunque esa sociedad que lo ovacionaba no sabía que, con bastante astucia, Wilde se burlaba de su hipocresía y doble moral en su propia cara: ésta sólo atinaba a carcajearse sin darse cuenta que el objeto de ese burla era ella misma. Un filósofo inglés, Jeremy Bentham (1748-1832), escribió un ensayo, que en México fue publicado como Contra la homofobia (Tumbona, 2008), en el que desde principios del siglo XIX abogaba por la homosexualidad como una práctica que no dañaba a nadie, que era inocua para la sociedad si se hacía de mutuo acuerdo, es más, les procuraba placer a quienes la practicaban. Lástima que eso no le sirvió a Wilde como un alegato a su favor.

En México fue famosa la redada de “Los 41”: la madrugada del 17 de noviembre de 1901, la policía notó que en la casa marcada con el número 4 de la calle de La paz (hoy Ezequiel Montes, en la colonia Tabacalera) se llevaba a cabo una fiesta, hasta ese momento como cualquier otra. La fiesta era tan llamativa que la policía entró al lugar y se encontró con que los asistentes eran puros hombres, algunos vestidos de mujer. La policía atrapó a 42 personas que fueron remitidas a la estación de policía. A los pocos días salieron de allí barriendo la calle hacia la estación de trenes de Buenavista pues habían sido condenados a realizar trabajos forzados en Yucatán, pero ya sólo salieron 41. (Me baso en las notas periodísticas de la época recogidas en The Famous 41, sexuality and social control in Mexico, 1901, Palgrave, Nueva York, 2003.) Ahora se sabe que la persona faltante, responsable de que sólo quedaran 41, era Nacho de la Torre, yerno del entonces presidente Porfirio Díaz, hacendado en el estado de Morelos, protector de Emiliano Zapata (véase, Carlos Tello Díaz, El exilio: un relato de familia, Cal y Arena, 1993), y quien se salvó de barrer la calle e ir a Yucatán gracias a su cercanía con el poder.

Antes de los antros y la vida gay como la conocemos hoy en día, en México eran frecuentes las fiestas privadas como las de Los 41 en las que los homosexuales del porfiriato podían convivir. “Había alcahuetes… que procuraban muchachos para la diversión de los aristócratas”, escribe Salvador Novo en sus memorias póstumas La estatua de sal (Conaculta, 1998); y más adelante cuenta el caso de Antonio Adalid, hijo de un importante hacendado porfiriano, y tío del pintor Agustín Lazo Adalid: “Sea en el famoso baile de los 41, sea en otro, estalló el escándalo. Don José Adalid desheredó y desconoció a este hijo degenerado, mancha de la familia que huyó desconcertado, aturdido, inválido, llegó a San Francisco, California, con unos cuántos dólares en el bolsillo y sin saber qué hacer”. De entre todos los lugares, Toño Adalid fue a parar, ni más ni menos, que a San Francisco… Cabe agregar que el “degenerado de la familia” había tenido como padrinos de bautismo al mismísimo Maximiliano de Habsburgo y su esposa, Carlota. La ignominia, pues comenzaba en la familia: eran unos degenerados, la deshonrra y por tanto desheredados y proscritos; luego la sociedad se encargaba de hacer su parte.

Sin embargo, trescientos años antes, en tiempos del Virreinato, también hubo una redada por parte de la Inquicisión en contra de un grupo de “sométicos”. “Hubo siempre locas en México”, dice lacónico Novo al comenzar su crónica “Las locas y la Inquisición” que abre su libro El sexo, las locas y los burdeles (1972; en Viajes y ensayos I, FCE, 1996, pp. 495-498). En ella cuenta el caso de una red de alcahuetes y chichifos que en la Nueva España ya tenían azoladas las ciudades de México y Puebla “donde tenían casas con todo aliño [es decir, bien montadas] donde recibían [a los clientes] y se llamaban por los nombres que usan en esta ciudad las mujeres públicas”. Cuenta Novo: “el santo tribunal disponía de hasta dos hermosos quemaderos: uno al costado poniente de la entonces pequeña Alameda, y otro en San Lázaro”. Frente a la iglesia del Convento de San Diego, antes Pinacoteca Virreinal y hoy Laboratorio de Arte Alameda, había un quemadero de la Inquisición y así lo testimonia una pequeña placa colocada en una columna de la entrada.

La redada fue en noviembre de 1658, como resultado de una pesquisa inquisitorial que descubrió una red de más de 120 homosexuales diseminados por todo el reino, el Santo Oficio mandó a la hoguera a 14 sométicos, cuyo delito fue cometer “pecado nefando” (nefando: aquello de lo que no se puede hablar). Eran regenteados por don Correa, un enfermero español de 80 años, a quien llamaban “Señora la Grande”, y su amante, un mulato llamado Juan Galindo de la Vega, apodado “Cotita de la Encarnación”. Además de ellos en el grupo sentenciado a la hoguera estaban “un tal Zangarriana, otro apodado Estampa, la Conchita, la Luma, las Rosas, el indio Martín (conocido como Martina de la Luna) y un negro al que todos conocían como La Moros”. Era esa “Señora la Grande” quien “avisando un día a unos y otro a otros para que se apercibiesen de recibir la visita, y era el que los concertaba, y después de la merienda los ponía en los puestos unos con los otros para ejecutar este pecado con toda liviandad”.

Cuando la red se descubrió, todos fueron forzados a confesar, “los vieron los cirujanos y los hallaron sucios, lacrientos, asquerosos y hediondos”, los sentenciaron, después los sacaron de “la real cárcel de esta corte”, los llevaron por la calle del Reloj (hoy República de Argentina), caminaron por las calles “hasta la albarrada de San Lázaro”, la gente los insultaba y los escupía: “se despobló la ciudad, arrabales y pueblos de fuera de ella para ver esta justicia”. Cuando llegaron al quemadero de San Lázaro los metieron al bracero, fueron molidos a palos y, una vez desmayados de dolor, les prendieron fuego “que todo lo purifica”. “Duró el fuego toda la noche”, acota la crónica de la época que cita Novo. Sólo Lucas Mateo, “por ser muchacho”, es decir, menor de edad, no fue quemado: su condena fue de 200 azotes y luego fue vendido como esclavo por seis años.

En 1906, un escritor muy menor, Eduardo Castrejón, escribió un libelo llamado Los 41: novela crítico social (que la UNAM reeditó en 2010). La fecha de la redada estaba muy reciente así que no es erróneo pensar que Castrejón se aprovechó del acontecimiento con el fin de conseguir fama y reconocimiento, pues la calidad literaria de la novela es ínfima así que no se sostenía para ganarse el gusto de los lectores y la imagen de portada es grotesca. Por lo demás, lo que ese texto muestra es el sentir de la época: cuando era bien visto burlarse y mofarse de la condición de los homosexuales y se pensaba que el castigo se lo tenían bien merecido.

Hace unos años aparecieron unas fotografías del riquísimo archivo Casasola tomadas en 1935 en una estación de policía del Distrito Federal: en ellas se ve a un grupo de travestis que, al parecer, fueron detenidos por “faltas a la moral”, como se justificó este tipo de redadas durante tanto tiempo. Los travestis visten casi en harapos, están depilados, mal maquillados, mal peinados pero no por eso dejan de posar altivos frente a la cámara (después, con toda seguridad, fueron a parar a la cárcel de Belén o a Lecumberri). Durante mucho tiempo los travestis fueron los “degenerados” más visibles y por tanto sobre quienes la policía —el aparato político de represión más directa— se ensañaba: eran frecuentes las extorsiones, redadas y golpizas, pues la mayoría se dedicaba a la prostitución. Imposible pensar en aquel entonces en las políticas públicas de no discriminación (leyes e instituciones que hoy velan por la igualdad) que se han implementado en los últimos años.

La más famosa de esas razzias tal vez sea la de Stonewall, en Nueva York. El 28 de junio de 1969, el bar Stonewall Inn, en el número 51 de Christopher Street, en Greenwich Village, fue tomado por asalto por la policía que arrestó a 13 personas. Una semana antes, el 22 de junio, la actriz y cantante Judy Garland había muerto de una sobredosis de barbitúricos, por lo que muchas de las travestis que asistían esa noche al lugar estaban de luto: había muerto una de sus mayores divas y querían homenajearla a su estilo. Al día siguiente de la redada cientos de personas se apostaron a las afueras del lugar para protestar por la violenta toma del local y demandar que los bares gays de la zona fueran legalizados. Un mes más tarde, el 27 de julio se organizó la primera marcha gay en la Gran Manzana que partió de Washington Square al local de Stonewall. Ahora allí, en el parque de enfrente, se ha puesto una escultura de George Segal (1924-2000) que conmemora esos hechos y celebra la liberación gay. Con toda probabilidad la bandera del arcoiris, símbolo internacional de la homosexulidad, proviene de “Over the rainbow”, la famosa canción que Judy Garland interpretaba en El mago de Oz: “Somewhere, over the rainbow, way up high, there’s a land that I heard of once in a lullaby…”

En las redadas de Londres y México los capturados aceptaron la humillación, la ignominia, y pasaron a la posteridad con mofa; en Nueva York, ya reaccionaron con mayor furor al de la violencia policíaca, en aquellos días sus demandas eran simples pero directas como el cese a esas muestras de represión policíaca y respeto al derecho de reunirse y divertirse. Fue así como nació la Marcha del Orgullo Gay que se realiza en las ciudades más importantes del orbe el último sábado de junio. Todavía durante los años setenta y ochenta, en prácticamente todas las ciudades del mundo, había algún tipo de persecución o represión homofóbica, que eran justificadas como “limpieza de la sociedad” o “faltas a la moral”. La Marcha Gay jugó un papel muy importante para acabar con esos conceptos anacrónicos que no tenían razón de ser en ningún código penal del planeta.

En algunas ciudades la marcha también es conocida como “parade”, o “parada” en portugués, o “mardi gras”, como en New Orleans donde, en 2005, en medio de la tragedia por el huracán Katrina, un reducido grupo de gays salió a marchar en tacones y pelucas por las calles entre la devastación de la ciudad. Es común que muchos critiquen que la marcha, según ellos, haya devenido carnaval, pero al llamarla también “parade”, “parada” o “mardi gras”, se pone de manifiesto que la marcha no está peleada con el carnaval, con la fiesta y el encuere: los carnavales representaron unos días de ralajación en la constreñida sociedad a las órdenes de la Iglesia y sus jerarcas estrechos de miras, de manera que, como lo documentó Mijaíl Bajtín, nadie debería poner en duda el trasfondo radical y político del ánimo festivo.

En México todo inició durante la marcha con la que se conmemoraban los diez años de la matanza de Tlatelolco, en 1978: en ella hubo un puñado de gays y lesbianas que marcharon en un pequeño contingente (la prensa se la época dice que fueron 30 personas pero la verdad es que no fueron tantas, sino máximo unas 12). Al año siguiente salió la que oficialmente se considera la primera marcha gay en la Ciudad de México: salió de los leones de Chapultepec y terminó en la plaza Carlos Finlay, cerca de donde hoy está el monumento a la madre. Luego la Marcha del Orgullo Gay en la capital iniciaba en el Monumento a la Revolución y concluía en el Hemiciclo a Juárez, donde se realizaba un mitin; más tarde los contingentes volvieron a los leones de la puerta del Bosque de Chapultepec, recorrían todo Reforma hasta llegar al Hemiciclo. En 2001 por primera vez arribó al Zócalo, a donde continúa llegando tomando como punto de partida el Ángel de la Independencia.

Escritor y editor. Desde la preparatoria ha participado en organizaciones de lucha contra el sida, fue conductor del programa de televisión Guau!, de Telehit, y es editor de Quimera ediciones, la primera editorial gay de México. Es autor de "No recuerdo el amor sino el deseo" (2008) y "La síntesis rara de un siglo loco" (2017), además de coautor de "México se escribe con jota. Historia de la cultura gay" (2010) y antologó “Un amar ardiente. Poemas a la virreina” (2017), de sor Juana Inés de la Cruz.