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#CuentoLGBT: Mi Julia

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Mi abuela tenía por nombre el de Julia, a pesar de ya no encontrarse entre nosotros, sus actos me han enseñado que el amor es el sentimiento más humano que tenemos para obsequiar. 

 

Mi Julia

Eran las dos de la mañana cuando Julia se sentía en la impetuosa necesidad de cuestionarse sobre todas las relaciones amorosas por las que había pasado, la primera vez que sucumbió ante el amor y también sobre su último corazón roto.

Estaba exhausta. Sentía que había dado todo de sí misma. Era muy joven para estar tan herida.

No podía dormir, seguía mirando fijamente el empapelado de la pared, recordaba una y otra vez cada una de las ocasiones en que había sido lastimada, creía ingenuamente que al revivir esos momentos apaciguaría su dolor.

El principal cuestionamiento que resonaba dentro de su cabeza era el por qué no recibía afecto con la misma intensidad que otorgaba al momento de amar a otras personas. Realmente siempre esperó ser amada de forma mística y fantástica, pues vivía intoxicada por narrativas de romance y baladas melosas. Se cuestionaba si un amor de la magnitud de esas novelas fantásticas y canciones con versos perfectos podría ser real, eterno o lamentablemente etéreo.

A pesar de la no-reciprocidad amorosa que había recibido, en ese momento Julia estaba recostada junto a la persona con la que intentaba sostener una relación. Una persona un tanto difícil. Alguien a quien conocía profundamente y a quien había amado desde siempre. Una persona incapaz de ver lo bueno en sí misma, caprichosa y necesitada.

Por mucho tiempo había tratado de aferrarse a los brazos de esta persona. La única a la que no había logrado alejar de su vida. Era una relación bastante particular, en la que Julia sentía tener un gran cargo de responsabilidad. Quizá esa era la razón por la que no ha logrado separase de ella.

Ambas tenían conversaciones ridículamente incómodas, de aquéllas que merecen ser ocultas en la oscuridad, cubiertas por las sábanas, y que sólo pueden ser contadas entre risas y lágrimas.

Y era justo en ese lugar, en el fuerte que construían con sábanas sobre la cama, en donde deslizaba las yemas de sus dedos alrededor de sus imperfectos, desnudos y cautivadores cuerpos; sintiendo cada una de las marcas en su piel, todas aquellas cicatrices que retrataban el avance del tiempo en su cuerpo, aquellas constantes batallas personales por las cuales han atravesado.

La cercanía que Julia confeccionaba en ese instante con su amante la hacía sentir viva, dejando a un lado el deplorable pensamiento de que para ser tomada en cuenta debía ser deseable. Era justo ese momento en el que podía aceptar sin vergüenza alguna, que su cuerpo era falible y defectuoso.

El contacto era inevitable. La luz reflejada en la piel era preciosa. Las partículas en la atmósfera brillaban y danzaban dulcemente mientras los latidos de su corazón aceleraban más y más.

Al momento que el acto de sensualidad sucedía, Julia recordó la primera vez que tocó a alguien con el único propósito de conocer todo sobre aquella persona. Ahora sabía que ella valía más que todo el daño que le habían hecho. Amar a esa persona de esa manera la hacía sentir joven, feroz y sobre todo, libre. Los demonios pertenecientes a su soledad eran disipados por la luz que emitía este ser.

Era un nuevo mundo de posibilidades que nacía en ese momento; por primera vez en su vida, se concedió la voluntad de ser feliz.

Un extraño cualquiera, diría que toda esa madruga Julia se encontraba sola en su habitación, realizando un viaje de autodescubrimiento bajo la luz de la única lámpara que se mecía en la recámara. Pero ella seguía dando vueltas al compás de la música, acariciando el hombro de la persona a la que más ama de manera afectuosa, con una gran sonrisa en el alma mientras susurraba:

Ilustración por: Alvaro Camelo

“Nadie podrá amarte tanto como tú misma puedes hacerlo, mi Julia.”

 

Estudiante de Arquitectura, ilustrador de a ratos y cuenta cuentos por decisión.

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